Los clásicos no cambian, cambia la mirada con la que volvemos a ellos. En ese sentido, El extranjero de Ozon dialoga con la novela de 1942 desde un corrimiento y una apertura. Y en ese desplazamiento radica algo más interesante que la clásica discusión sobre si una adaptación es fiel o no al original.
Por Caro Figueredo
Hay escenas que sobreviven al paso del tiempo con una nitidez extraordinaria: un hombre camina bajo el sol de Argel, el calor es insoportable, el mar devuelve una luz blanca que enceguece, un disparo rompe el silencio… Desde hace más de ochenta años esa secuencia constituye uno de los momentos más recordados de El extranjero, la novela con la que Albert Camus convirtió el absurdo en una de las preguntas centrales de la literatura del siglo XX.
Volvemos a esas escenas una y otra vez, ya sea leyendo la novela o, ahora, viendo la película. Discutimos a Meursault, su aparente indiferencia, su incapacidad para ajustarse a las convenciones sociales, el juicio que lo condena tanto por no haber llorado en el entierro de su madre como por el crimen que cometió. Sin embargo, entre todas esas relecturas hay una pregunta que durante mucho tiempo apenas encontró lugar: ¿qué ocurre con el hombre que yace del otro lado del revólver? ¿Cómo fue posible que el personaje asesinado permaneciera reducido a una fórmula impersonal (“el árabe”) sin que esa ausencia modificara nuestra experiencia de la novela?
Y recordamos, por supuesto, la canción de The Cure “Killing an Arab” de 1979, de gran importancia en los inicios de la banda y que aumenta, por un lado, la importancia del personaje pero, por otro, perpetúa el casi nulo espesor narrativo del hombre que cae bajo los disparos.
La adaptación cinematográfica que François Ozon realiza de El extranjero parte precisamente de esa inquietud. Sin pretender corregir a Camus ni despojar al relato de su potencia filosófica, su operación consiste en volver visible aquello que durante décadas permaneció naturalizado. Si bien la lectura tradicional fijó el centro de gravedad en la experiencia existencial de Meursault, la película desplaza apenas el punto de vista. Ese movimiento alcanza para revelar que incluso los clásicos poseen un fuera de campo.

Tanto la personificación de Meursault, a cargo de un extraordinario Benjamin Voisin, como la inclusión de un nombre para nuestro árabe y el de su hermana que sí lo llora posibilitan otra mirada de la misma obra.
Y este gesto permite pensar la adaptación desde un lugar diferente. Durante años se debatió si una película debía ser fiel a la obra literaria que la inspiraba. Como si adaptar consistiera en trasladar intacta una historia de un lenguaje a otro. La película de Ozon demuestra, en cambio, que toda adaptación es, antes que nada, una lectura. Y que las mejores lecturas no repiten una obra, más bien la obligan a formular preguntas que todavía no sabía que contenía.
Es difícil no pensar aquí en Jacques Rancière. En El reparto de lo sensible, el filósofo sostiene que toda obra establece una distribución de lo visible: organiza quiénes pueden aparecer, quiénes son escuchados y qué experiencias adquieren volumen dentro de un relato. La política del arte reside en los temas que aborda, pero, más aún, en la manera en que configura nuestra percepción del mundo. Vista desde esta perspectiva, la película de Ozon reorganiza un régimen de visibilidad en su adaptación. Nos invita a descubrir que el silencio más persistente de la historia quizá no estaba en la indiferencia de Meursault, sino en la forma en que generaciones enteras aprendimos a leer esa indiferencia sin detenernos en aquello que dejaba fuera de cuadro.
Pero hay que ser justos. La ausencia no era un descuido de la novela. Formaba parte de la manera en que había aprendido a ser leída.
Tal vez por eso la película de Ozon resulte tan perturbadora. El núcleo de la novela no es alterado; es más bien nuestra posición frente a ella lo que cambia. Nos obliga a reconocer que también nosotros habíamos aceptado, casi sin advertirlo, una determinada distribución de la mirada.
Las grandes adaptaciones suelen medirse por su fidelidad al original. La de Ozon propone otro criterio. Plantea qué nuevas preguntas es capaz de hacerle un siglo XXI atravesado por otras sensibilidades, otras discusiones y otras formas de mirar. Más allá de una supuesta intangibilidad, los clásicos permanecen vivos porque aceptan ser leídos desde lugares que sus primeros lectores no podían imaginar.
