A 31 años del lanzamiento de Dale Aborigen de Todos Tus Muertos, analizamos la importancia que tuvo en su momento en la constitución de un sujeto que iba a protagonizar los hechos de fines de la década de 1990 y principios de 2000. Un disco que recupera muchos aspectos que resultaron fundamentales para el arte, la cultura y la política de la época.
Por Javier Becerra
“En aquellas revoluciones, la resurrección de los muertos servía para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder en la realidad ante su cumplimiento, para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución y no para hacer vagar otra vez a su espectro”
Karl Marx, El 18 Brumario
1994. Ya sabíamos que no queríamos ser policías. Ya nos habíamos lavado la cara, habíamos vomitado, nos habíamos despabilado y habíamos logrado regresar a casa. Nos mirábamos en el espejo y comenzábamos a saber quiénes éramos. Éramos más que un muerto, pero no queríamos ser un muerto más. A esos interrogantes, a esos dilemas de la vida adolescente, de la primera juventud, Todos Tus Muertos nos introducía otros, casi como una apuesta, casi como una escalada en lo que sin buscar comenzábamos a descubrir prácticamente sin ayuda de nadie: ¿Videla podía caminar a nuestro lado, aunque nos hiciéramos los disimulados?
Y así, cómo cantaba Silvio, “nos fuimos enredando en más asuntos y aparecieron cosas de este mundo”, o como cantaban los mismos TTM, nos salíamos del “romance embotellado” y dejábamos de creernos “listos por nuestros tatuajes… en la violencia, en la pasión, en esta sórdida Nación”. La década de los ‘90 parecía ser suficientemente buena para aquellos que solo escuchaban el Lado A de la cuestión. Demasiado cómoda, demasiado superficial, demasiado tilinga, demasiado pequeñoburguesa (adjetivos que hoy parecen ya no ofender a nadie). Un mundo de ensueños para quienes aceptaban esa vida en la que ya no se exigía pensar en el futuro (La Sociedad de los Poetas Muertos y su insufrible “carpe diem” que enamoraba hasta el rubor a las profesoras) y, por supuesto, mucho menos transformarlo. ¿El primer ensayo de una generación similar a los Eloi de La Máquina del Tiempo de H.G. Wells? ¿Los futuros padres de esta generación de jóvenes individualistas y resentidos crecidos en cautiverio y criados y educados desde el celular?
Había pasado muy poco tiempo desde que el capitalismo decretó su victoria definitiva y agitaba la promesa del advenimiento de cien años de prosperidad y paz para el mundo. La Guerra del Golfo, la Guerra de los Balcanes, la Crisis del Tequila y el ascenso vertiginoso de la desocupación en masa no hacían más que poner en dudas los anhelos victoriosos del capital. En 1993, un fenómeno considerado totalmente anacrónico irrumpía impensadamente: el levantamiento Zapatista en el sur de México. Ese mismo año, mucho más cerca nuestro, el pueblo santiagueño dejaba de dormir la siesta y protagonizaba el Santiagueñazo. Aquí y allá, comenzaban a expresarse luchas en cantidades y calidades nuevas que se ofrecían como vidriera para una muchachada a la espera de otro camino. Los genocidas indultados debían bancarse los escraches (última forma de repudio a la impunidad cuando la justicia y el Estado abdican allí) de un entonces piberio: “porque torturaste y te van a castigar”.
La Máquina del Tiempo debía ser puesta inmediatamente en funcionamiento; rápidamente se intentaba borrar el pasado y lo necesitábamos como insumo para el presente si es que todavía queríamos pensar en un sino distinto. Misión poco cómoda la que se asumía.

Nena de Hiroshima culminaba con una afirmación rotunda: “no hay salvación para el pueblo sumiso”. Dale Aborigen surgió en diciembre de 1994 como una obra que vino a redondear ese concepto en forma absoluta. Ecléctico en todo sentido contaba, por un lado, con punk, hardcore, ska, reggae, corridos mexicanos, ritmos brasileños y climas espirituales religiosos, por llamarlo de algún modo. Por otro lado, presentaba un panteón de muertos tercermundistas prácticamente olvidados por aquellos años: Emiliano Zapata, Sandino, Che Guevara, Patricio Lumunba, Malcom X, Nelson Mandela (un muerto en vida todavía), Victor Jara. Hasta Alá, Jehová y Krishna aparecían en un intento de sintetizar un polo único que rescatara lo humano y la resistencia contra los atropellos de siglos. El de Dale Aborigen fue, sin dudas, un eclecticismo que llenó de frescura a una generación que conocía aquellas fusiones musicales, pero que aún no estaban firmemente establecidas en la escena local. Artistas como Manu Chao y Fermín Muguruza comenzaban a ser conocidos y aceptados más allá de sus propios nichos gracias al importante aporte realizado en el álbum.
Por supuesto que existían bandas y discos comprometidos, pero la frescura de Dale Aborigen sencillamente actuó como un revulsivo que hacía hervir la sangre. Las icónicas imágenes presentadas en “Alerta Guerrillas” de un Emiliano Zapata aún cabalgando por las montañas del sur y del agua hirviendo para el mate del Che eran sencillamente poderosas. “Alerta Guerrillas” nos presentaba además al gran escritor mexicano de la llamada Generación del ‘50, José Emilio Pacheco, y nos actualizaba la obra del chileno Víctor Jara. Augusto César Sandino reaparece en “Hijo Nuestro”, “podrido en el río” para una resurrección que dependía de nuestra propia invocación.
De repente, en un álbum que no da respiro, una voz desconocida entonces; Nicomedes Santa Cruz, el gran investigador y militante peruano de la descendencia afroamericana en América, recita a Nicolás Guillén en “Canción de cuna para un negrito dormido”: “…diga despierto lo que le pasa ¡Que muera el amo, muera en la brasa!”. El elemento africano se hacía presente con los obreros negros luchando contra el Apartheid de los supremacistas blancos en Sudáfrica, entre otros aportes y figuras referenciadas en el disco desde ese lugar del mundo. “Si no me crees me chequeas los genes” cantaba Fidel Nadal, y no era para menos. Un afrodescendiente genuino cuyo padre, Enrique, fue un destacado activista de la colectividad africana en Buenos Aires, detenido por la Dictadura en el año 1976 y luego exiliado en Suecia. (Dato: Enrique Nadal protagoniza el papel del payador negro que Martin Fierro asesina en la película de 1968 sobre la obra de José Hernández).
Cómo no podía ser de otra forma, Dale Aborigen nos presentaba al poco transitado, por aquel entonces, indigenismo. Pero este era un indigenismo de combate, de resistencia y de Historia claramente revivido por el levantamiento zapatista. No era un indigenismo cultural y folclórico bajo la ornamentación de una Whipala (cosa que casi nadie sabía que existía en aquella época). No era un indigenismo “perspectivista” (término muy en boga en las ciencias sociales desde hace algún tiempo). Colocaba la tragedia del indio -no se hablaba de pueblos originarios y nadie tomaba el término como ofensivo- en el centro de un proceso histórico global con determinaciones concretas: la Conquista de América. Y los asociaba a la suerte corrida por los esclavos africanos y los criollos pobres. A casi un paso de los 500 años de la llegada de Colón al continente, se recuperaba la figura de Torquemada y Sepúlveda, dos personajes de los que la escuela no hablaba. El primero, confesor de la reina y primer inquisidor general tras la fusión de los reinos católicos de Castilla y Aragón. El segundo, el defensor de la “causa justa” de conquistar, someter, torturar e imponer la conversión religiosa por la fuerza a los habitantes de América en nombre de no tener claro su pertenencia al género humano.
Entonces, una configuración de raíces étnicas y culturales con elementos de la lucha de clases recorrían el disco. Cómo si fuera poco, a esto se sumaba otra particularidad. Algo también poco conocido, poco explorado. La lista de temas incluía una canción en un idioma casi irreproducible: el euskera, lengua original de Euskadi, el País Vasco, prohibida por la dictadura franquista en España, y de la que algo conocíamos gracias a Kortatu y Negu Gorriak. “Lehenbiziko Bala” (La primera bala) es una canción que en apariencias parece en su letra un thriller pero que en realidad da cuenta de la vida -y la muerte- en los caseríos casi feudales de los Señores que aún sometían a la población campesina. Cantada por Fermín Muguruza, baluarte del llamado “rock radical vasco” formaba originalmente parte del segundo álbum de Negu Gorriak (Gure Jarrera, de 1991).

La cuestión sobre la formación del sujeto en la política siempre es tema de discusión, en especial en aquellos momentos donde se dan giros marcados en la orientación estratégica de hacia dónde van las cosas. Un sujeto que intervenga con claridad en un escenario nuevo no puede formarse de la noche a la mañana. El aporte de la cultura y el arte suelen ser vistos muchas veces como un axioma menor en su formación, en especial cuando se lo analiza desde una perspectiva estrictamente política. El disco de TTM fue solo un álbum musical, pero a su vez un aporte importante para esa fracción juvenil que comenzaba a prepararse para el 2001.
Un sujeto en términos políticos sociales, es decir alguien que sepa qué es lo que pasa y qué es lo que se debe hacer, no se constituye fácilmente; mucho menos si se lo piensa como protagonista de una rebelión popular. Aquella generación atravesó toda una década de delimitación con las experiencias radicales, peronistas y centro izquierdistas de entonces (los padres del progresismo actual). Quienes suelen quedarse con la foto del 2001 deberían recordar la tortuosa película entera de la década previa para entender las escenas finales de ese caluroso verano. El aporte cultural de bandas como TTM y discos como Dale Aborigen se fusionaron con experiencias políticas y prácticas más profundas enraizadas en las luchas populares. El eclecticismo político de aquella obra dió necesariamente lugar a definiciones mucho más precisas y estratégicas vinculadas al caso concreto argentino.

¿Pero qué sujeto se está formando hoy entre los jóvenes? Atribuirle al desatino que nos gobierna la conformación de un sujeto a su imagen y semejanza es una exageración. Este gobierno no expresa aún una etapa de la historia como lo fue el menemismo o el kirchnerismo; sigue siendo coyuntural. No puede ser considerado constituyente de un sujeto por el momento (para eso requiere un tiempo y recursos políticos que esperamos no obtenga). Tan solo explota y cultiva un sujeto opuesto a la fallida experiencia anterior.
¿Y ya existe un sujeto anti-Milei? Lo que suele verse como eso es todavía la rémora de un sujeto que permanece atado a un ideal perdido. De allí su vocación por la paciente espera de un candidato que resuelva todo, de la falta de actitud de combate ante las movilizaciones, de la ausencia de confianza en la acción independiente de las masas y de la esperanza en que el Estado recupere su rol de tutor y mentor de la subjetividad. Actúa en correlatividad para lo que fue formado.
No hay salvación para el pueblo sumiso.
A 31 años de Dale Aborigen y a más de 25 de la última rebelión popular, vivimos una etapa transicional. Quienes protagonizamos aquella época ya alcanzamos y superamos el medio siglo de vida. Nuestros referentes de entonces son ancianos o ya murieron. Quizás no lo detectamos aún, pero mientras que los muertos ejercen su peso histórico sobre la conciencia de quienes seguimos vivos, alguna nueva generación se prepara para resucitarlos y darles el buen uso que se merecen.
