Esta no es una crónica más de un recital en donde se cuentan cuestiones técnicas o se analiza un listado de canciones. Es un evento especial por el que atravesó nuestra cronista al asistir por primera vez al show de Tensión, una banda que venía escuchando desde hace tiempo, pero que no había tenido la posibilidad de ver antes. Más allá de las canciones, el protagonista es el asombro. El lugar, el Salón Pueyrredón, fue el escenario del encuentro entre la banda y una integrante de su público. Les compartimos sus reflexiones.
Por Victoria Lamas
Fotos: Caro Lagos @carolagosclc
Hay bandas que llegan antes que los escenarios. Durante semanas, meses o incluso años, existen únicamente en el territorio privado de unos auriculares. Acompañan viajes en colectivo, caminatas sin destino, tardes de trabajo o noches de insomnio. Su música construye un espacio propio en el que nadie más parece intervenir. Y aquí se podría recurrir a la idea de que “las canciones pertenecen tanto a quien las escucha como a quienes las escribieron”.
Hasta que un día aparece la posibilidad de verlas en vivo.
El viernes 10 de julio, Tensión, la banda de Rosario que cosecha un público creciente, se presentó en el Salón Pueyrredón de Buenos Aires. Para muchas personas pudo haber sido un recital más dentro del circuito independiente. Para otras, en cambio, fue el momento en que la música que llevaba tiempo habitando la intimidad encontró, por fin, su escenificación.
No hace falta la épica del descubrimiento adolescente para que un encuentro resulte decisivo. También existe otra forma de llegar a una banda: sin la urgencia de encontrar una identidad, sin la necesidad de demostrar pertenencia. Simplemente dejando que las canciones acompañen la vida cotidiana hasta que, casi sin advertirlo, se vuelven indispensables. Entonces aparece el deseo de comprobar qué ocurre cuando esas mismas canciones abandonan la escala doméstica y ocupan el aire de una sala.
El Salón Pueyrredón conserva esa cualidad que tienen algunos espacios: antes de que empiece la música ya parece contener algo de ella. Las conversaciones se mezclan con el Dj set, la antesala presenta stands de merchandising, los cuerpos buscan su lugar, las luces tenues todavía permiten reconocerse. Todo parece suspendido en un instante previo, como si el recital aún fuera una posibilidad y no un acontecimiento.
Después llegan los primeros acordes.
Hay algo que cambia de inmediato. No se podría decir únicamente que las guitarras suenan, porque ahora vibran. El bajo deja de percibirse como una línea melódica para convertirse en una presencia física. La batería marcial organiza el movimiento (de cabezas, de cuerpos) de una sala entera. Las letras comienzan a ser coreadas. Lo que hasta entonces era una escucha individual empieza a repartirse entre decenas de personas que, por unos minutos, respiran bajo el mismo pulso.
Una de las experiencias más peculiares de la música en vivo tal vez sea esa. No tanto escuchar canciones conocidas, sino descubrir que nunca habían sido exclusivamente propias. Aquello que parecía un diálogo silencioso entre una persona y una playlist revela, de repente, la existencia de una comunidad invisible. Cada estribillo cantado, cada mirada hacia el escenario, cada puño en alto confirman que otros habían recorrido el mismo camino.
Tensión construye ese espacio sin necesidad de grandes gestos. Hay una intensidad que no depende del volumen sino de la manera en que las canciones avanzan, se entrelazan y encuentran momentos de calma antes de volver a crecer. El recital evita la espectacularidad entendida como exceso. Su fuerza reluce, más bien, en blanco y negro. Y aparece en las estructuras de las composiciones que tienden hacia la intensidad y en algunos versos que son verdaderos slogans de resistencia. “Abrazar el caos sin nostalgia”, “nuevas formas de belleza” y “los besos nunca dados” son imágenes vivas que adquieren consistencia en lo colectivo del vivo.
El verdadero desplazamiento ocurre entre quienes escuchan. Y, entonces, las canciones pasan de ser una compañía privada a convertirse en un lenguaje compartido. Esas melodías que habitaron por un tiempo los oídos y la imaginación encuentran otros cuerpos, además del propio, y otras voces.
Al terminar el recital queda la certeza de que algunas músicas necesitan ser vividas dos veces: primero en soledad, cuando construyen un refugio secreto; después, frente a un escenario, cuando descubren que ese refugio siempre había estado habitado por otros. A lo mejor crecer como oyente también consiste en eso. En comprender que nunca se llega tarde a una banda. Que algunas canciones esperan pacientemente el momento adecuado para abandonar los auriculares y convertirse, por fin, en un lugar donde encontrarse con los demás.
